Apenas unos días atrás, escuché en un programa X a un grupo musical T –que supuestamente se inscribe dentro de las márgenes del hip hop – criticar de modo directo y mordaz al género musical que conocemos como “reggaetón” por considerarlo ordinario, poco culto y mal estructurado.
Al decir de los integrantes del grupo T, hacer hip hop es un modo de rebelarse contra el sistema imperante, sus letras se circunscriben dentro de los confines sociopolíticos y –según ellos– siempre es preferible escribir inteligentemente a producir canciones que generen “perreos” y empleen la palabra “gato”.
Nunca entendí demasiado el purismo acérrimo de personas que para autodefinirse tienen que apelar a vulgarizar aquello que escapa de lo que ellos consideran normal, normativo.
En mi adolescencia, mi entorno personal y social se dividía entre los rockeros de pura cepa y los cuambiancheros, o “karibitos”, denominación que servía para catalogar a las personas que se cortaban el pelo y/o vestían como los integrantes del grupo de cumbia Karibe con K (tal es el caso del recordado futbolista de apellido Morales). Si eras karibito o te mezclabas con uno terraja, te miraban raro, y al toque buscaban qué tipo de bota usabas, porque ese era otro sello distintitivo entre el bien y el mal. No podías ser ecléctico, o los Redondos o la Cumana, y mientras los señores del buen gusto musical padecían tortícolis de tanto mirar por encima del hombro, los cumbiamba de antaño se gozaban bailando y fregando los cuerpos en la Quinta de Galicia o en el Suda.
La cumbia, al igual que el reggaetón, son géneros hijos de los barrios pobres y empobrecidos, tienen eso en común, nacieron como modo de manifestar una cultura propia y dieron cabida a otro modo de concebir la realidad. Claramente ambos han evolucionado de modo diacrónico. No es lo mismo Azukita pa’l café, emblema alegre del patriarcado (que todos bailamos alguna vez) o la Cometa blanca que sabe que al volar pertenece a un masculino en particular, que Majo la del 13, y Ni una menos.
Pero incluso si se tratase sólo del perreo, no le encuentro el inconveniente. Aquello de la “sexualización de la mujer” sigue siendo una postura paternalista, llegamos ahí porque ahí nos sitúan, sin saber, sin cuestionar siquiera, si el movimiento pélvico nos llama, nos gusta o nos degrada.
Los puristas del lenguaje y los puristas de la música operan con lógicas similares. Los primeros nos señalan qué está bien y qué está mal, se rasgan las vestiduras si se topan con anglicismos, préstamos léxicos, y sobre todo y Dios no lo permita, con las faltas de ortografía, que califican y estigmatizan la noción de cultura. Los segundos hacen un corte entre lo que ellos creen que es culturalmente valioso y lo que es degradante, inculto, terraja.
Las faltas de ortografía, en todo caso, desnudan una realidad mucho más profunda que tiene que ver con nociones de contexto económico-social-cultural y una posible estratificación de empleo y de mercado.
Los puristas gramático-correctivos son severos, te tiran con la RAE por la cabeza y te explican cómo hablar. A muchos los he visto en las redes, escribiendo habían por había, hacia cuando era hacía, y otras perlas más.
Los puristas ignoran que la lengua es del pueblo, que la gente impone los cambios en el uso y que la RAE tiene que meterse la norma donde no le da el sol –por eso ahora acepta toballas (como decía mi abuela Cuca) o almóndigas. No las acepta por caridad lingüística, es que no le queda otra, la gente decide. Y donde antes decía “vulgarismo” ahora figura “modismo”.
Del mismo modo, los casticistas de la música pretenden ignorar la fuerza que cobran los vulgarismos de las castas pobres que lideran en sus meneos la idiosincrasia de sus raíces. Como dice Calle 13: el reggaetón “se te mete por los intestinos, por debajo de la falda como submarino”. O acaso, ¿quién no bailó/cantó/tarareó Despacito? Aunque no quieras, se te mete.
Porque lo que de las entrañas culturales surge, no se somete a látigos morales ni a cadenas imperativo-imperialistas. Simplemente es, ocurre sin pedirle opinión a la clase dominante.
Lo dicho, mamá: prefiero ser vulgarista.
Nota 1: agradezco a mis hijos Ignacio y Santiago que me ayudan permanentemente en la deconstrucción de estereotipos y me comparten siempre nuevas formas musicales.
Nota 2: yo también fui purista alguna vez, pero por ignorancia.
Nota 3: dedicado a mi abuela Cuca, a quien corregía y siempre me devolvía: “Yo hablo como puedo, como sé y como decido”. Nunca lo sabrá pero en su respuesta está la génesis del amor por mi profesión.










