
Si bien por razones laborales algunos padres se ven obligados a delegar el cuidado de sus hijos desde el tercer o cuarto mes de vida, los que podemos abusamos de las abuelas (paternas, maternas, postizas, de alquiler…) hasta que decidimos dar el gran paso hacia la institucionalización del gurí, entre los seis meses y los dos años.
Entonces uno descubre (otra vez) un mundo nuevo. Ya dejarlos en casa con una niñera (¿alguien conoce algún niñero? Yo, no) con mil recomendaciones es complicado. Ni qué hablar con las abuelas, que siempre tienen sus métodos y trucos mágicos de crianza, algunas veces buenos, otras no tanto (a quién no le pasó de abrirle el pañal al botija y descubrir que le habían hecho semejante engrudo con fécula de maíz sin nuestro consentimiento ¿eh?)
Todo aquello pasa ahora a un segundo plano. Con el uniforme dos talles más grandes y unos championes muy monos pero igual de grandes (para que le duren), arranca el primer día con el período de adaptación. No sé cómo será para los que van ocho horas, pero en mi caso que la voy a someter a mi hija al sistema mixto abuela + jardín 4 horas, es de lo más pintoresco.
El primer día van solo 15 minutos. Esto quiere decir que insume más tiempo vestirlo, convencerlo de ir y sacarle las correspondientes 300 fotos de “primer día” que el mísero cuarto de hora que permanece solito de la mano de la maestra. Es muy cómico ver a los padres escondidos en puerta del jardín tratando de tomar una instantánea de la independencia de su retoño.
El segundo día van media hora. Si el nuevo de la clase resulta ser “de los que no lloran”, al día siguiente ya le aumentan a una hora. En el caso de Manu, un ser sociable hasta la preocupación (a veces pienso que tiene la fantasía de cambiar a sus padres por un par de modelos de Pancho Dotto, pero todavía es muy chica para defraudarla diciéndole que no va a poder ser), la adaptación corre a la velocidad de un rayo. El viernes ya arrancó con las 4 horas.
Dicen los especialistas (una barra de exhaustas maestras jardineras –o educadoras iniciales, como les gusta llamarse ahora) que esta luna de miel dura una semana y que pueden hacer una suerte de “retroceso”, y extrañar mucho más adelante.
El lunes Manu estaba resfriada-mimosa y, con un poco de ayuda de su sobreprotectora abuela, llegó hasta la puerta muy contenta y, según ella, “no se quería desprender”. Supongamos que esto es cierto y no al revés, se cumplió la profecía de las maestras.
Ya veremos cómo le va de ahora en más. Sus amorosos padres le explicamos que disfrute del jardín, que está todo pago, y haga caso omiso de las estratagemas de la abuela que no ceja en sus intentos por demostrar su superioridad emocional.
Mientras tanto se me vienen a la mente muchas cosas más que tengo para compartir, como algunos elementos exóticos que encontré en la lista de materiales que me solicitaron para un ser humano que mide 80 centímetros.
Ampliaremos.






















