Al conocerse el video en el que Daniel Fonseca insulta a su ex protegido Edinson Cavani, los uruguayos y uruguayas llegamos a una conclusión: Fonseca nos cae muy mal, y Cavani cada vez nos cae mejor. Lo que de alguna manera nos invita a repasar los últimos 30 años de historia de nuestro fútbol, en busca de los personajes más denostados por nuestra afición.
7- Nicolás Vigneri
La gente de Peñarol lo puteaba, acusándolo de hincha de Nacional. Ni metiendo un gol clásico y besarse la camiseta pudo cambiar insultos por aplausos. Ahora que está en Nacional, la tribuna Atilio García le grita “andate, manya puto”. ¿Es que acaso se puede ser más infeliz? Se dice que tiene tatuado el escudo de Nacional. Sería hora de mostrarlo, porque tampoco queremos que termine con Abdón y de acá a unos años se escuche el “Vigneri agotada tengo”.
6- Adrián Paz
Puntero más veloz que habilidoso, célebre por siempre hacer la misma jugada: desbordar por derecha, amagando hasta llegar más o menos a la altura del borde del área, enganchar hacia el medio, y pegarle de zurda al primer palo. Le salió más o menos 3 veces en su carrera, pues generalmente se le terminaba la cancha antes de enganchar y se escrachaba contra la publicidad estática. El haber sido número puesto en la selección de Cubilla no colaboró con su imagen.
5- Osvaldo Canobbio
En la historia del Club Nacional de Football, pocos hombres fueron tan injustamente tratados como este centrodelantero no muy alto, ni muy rápido, ni muy hábil, pero que ni bien llegó a filas parquenses comenzó a anotar goles a diestra y siniestra. Pero tenía dos contras: se comentaba que era hincha de Peñarol, y generalmente defeccionaba en los clásicos. La parcialidad tricolor ató cabos y comenzó a asumir que el tipo jugaba mal a propósito, y el “Andate Canobbio” se apoderó de la Tribuna Olímpica y parte de la Ámsterdam (la otra parte estaba muy ocupada drogándose). Canobbio llegó al extremo de anotarle 3 goles a Frontera Rivera y no gritarlos porque estaba ofendido. Lo que no hizo más que exacerbar el sentimiento general. Se despidió a fines del 96, al agredir a un fotógrafo junto a Gustavo Badell tras una nueva consagración mirasol.
4- Juan Ramón Carrasco
Fue puteado por diferentes generaciones de hinchas de Nacional. En los 70 lo puteaban por quilombero y porque metía caños y no tocaba de primera. En los 80 porque erró un gol en una final, y porque al rato se fue a Peñarol. En los 90 porque hizo un gol que no debió haber hecho. En el 2000 porque te jugaba con Rocha y siempre te clavaba de tiro libre y porque Venezuela nos metió 3. Y ahora porque hace cambios incomprensibles, y porque el hincha de hoy tiene un padre, un abuelo o un tutor con memoria. Suerte que tiene la espalda bien ancha.
3- Julio César Ribas
Ribas dirigió a Peñarol en cuatro campeonatos. Solo ganó el primero, y nunca pudo congeniar con la hinchada mirasol, que no tenia empacho alguno en corear el clásico “Ribas, hijo de p…” con el ritmo de “cidade maravilhosa”. Ni pegándole una piña de atrás al Chengue en el 2000 pudo hacerse querer. En el 2009 volvió, tiró que no quería pijamas con elefantitos, que sus jugadores eran guerreros de no sé dónde, y le cambió el apodo al Pipi Bajter. Al ratito nomás lo cambiaron a él por el Gordo Púa.
2- Enzo Francescoli
Durante años, el Príncipe fue algo así como el adalid de los periodistas e hinchas que luchaban contra el statu quo. ¿Por qué? Porque el Toto lo puteaba. Pero el idilio se terminó ni bien apareció Tenfield. Y si bien nadie tiene muy claro si Francescoli trabaja para Tenfield, para Goal TV, o es productor de K-Pos, todos sabemos que es amigo del Paco Casal, ese hombre siniestro que tanto mal le ha hecho a nuestro fútbol. Por suerte no se animó a ser director técnico, aunque todavía está a tiempo. Sería lindo putearte ahora que estás gordo, Enzo. Apuesto a que los hinchas carboneros no están felices de que hayas confesado tu amor mirasol, así como algunos hinchas de Nacional preferirían que el Cuqui, Magurno y Della Valle fuesen hinchas de Progreso.
1- Daniel Fonseca
No podía ser otro. Ni el haber hecho el gol mundialista más importante de la selección en cuarenta años le sirvió para gozar del más mínimo cariño. Extraño caso de futbolista que cada vez jugaba menos y cada vez lo hacía en mejores equipos. Tuvo la desgracia no compartida con sus otros compañeros “repatriados sediciosos”, de haber regresado al fútbol local ya entrado el siglo XXI (el Pato, Sosita, Bengoechea, el Pepe Herrera, y hasta el Tano Gutiérrez volvieron mucho antes, y la gente los perdonó… y Francescoli fue lo suficientemente vivo como para no volver nunca). Claro que cuando volvió, tenía todo arreglado con Nacional, pero se fue a River argentino por 140 australes. Corría el año 2002, el corralito causaba estragos, y tras jugar dos clásicos de verano, se enteró que le querían pagar con patacones y vales de Frávega. Volvió a Nacional, pero la gente –que ya le había agarrado odio durante su época con la selección, y más todavía cuando Paco Casal lo incluyó en la de Púa días antes del Mundial del 2002, al que al final no fue debido a una ampolla inexistente– no le perdonó el desprecio, y comenzó a putearlo desde el debut. Es que al ver que estaba gordo, lento, y que jugaba menos que mi tía Pocha, daban ganas de insultarlo. Todo terminó en un partido ante River, cuando al audaz Tigre se le ocurrió meter un gol, y hacer el clásico gesto del Topo Giggio en dirección a la barra tricolor (como diciendo “a ver qué gritan ahora, manga de pichis, mirá que cuando termina el partido yo me voy a mi castillo en mi Ferrari y vos estás una hora esperando que arranque el 468”). La barra comenzó a entonar la misma cancioncita que años antes había recibido Ribas, y el tipo se fue para nunca más volver.
(Publicado en Guambia, 09-04-11. ¿Por qué no está Recoba? Porque juzgamos que en Danubio y Nacional no era puteado, más bien en la selección. Pero todo es discutible en esta puta vida.)