Si usted es de los que van al cine una vez cada desborde de Espino, quizás no haya notado que resulta cada vez más complicado ver una película en el cine en su idioma original, salvo que éste sea el Español.

No sé usted, pero yo no puedo ver una película doblada ("no puedo ver una doblada", gran éxito). Por eso, veo en Netflix o en Qubit, o baj... alquilo las películas que me intersa ver. Porque en lugares como PirateBay, me contó un amigo, la realidad se invierte: resulta mucho más complicado encontrar una película doblada que sin doblar.
Al respecto, los amigos de la Asociación de Críticos de Cine del Uruguay emitió un "manifiesto" que establece, entre otras cosas, que:
"Es entendible que, dada la decadencia del sistema educativo uruguayo, concomitante con la disminución global del hábito de lectura, los exhibidores se hayan percatado de la existencia de un público potencial para versiones dobladas".
Varios apuntes. El primero: ¿estamos convencidos de "la decadencia del sistema educativo uruguayo"? ¿Cómo se mide, quién constata y da fe de que el sistema está en decadencia?
El segundo, y mucho más importante: ¿quién dijo que existe una "disminución global del hábito de lectura"? Porque no dice "lectura de libros", no. Dice "lectura". ¿Cree usted que existe una época de la humanidad en la que los hombres y mujeres hayan leído más que en la actual? Estamos todo el tiempo leyendo. Ver los mensajes pedorros del grupo de whatsapp de fútbol 5, es leer. Leer un tweet del botija de Márama, es leer. Leer una palabra entrada en desuso, como "primus", en una nota pedorra publicada en un blog pedorro, es leer.
Mire si no: "primus".
¿Y? ¿Leyó o no leyó?
Estaría bueno diferenciar "lectura" de "lectura de calidad", por llamarlo de alguna manera. Es esperable que un mensaje de whatsapp tenga menor calidad literaria que un libro, aunque -lo sabe usted muy bien- no siempre ocurre. Hay gente que escribe muy bien por whatsapp, y gente que escribe libros muy malos. Así como el Pato Feo robaba para poder financiar sus sueños literarios, hay otras personas que recorren el camino opuesto: publican libros para poder robar.
No mencionaremos a nadie por respeto a la familia.
En cualquier caso, le juego lo que sea a que usted agarra diez botijas cualesquiera, de cualquier contexto sociocultural, y hoy leen mucho mejor que lo que leían hace 20 años. En particular, los pibes de los contextos más complicados, gracias al Plan Ceibal (que forma parte del sistema educativo decadente del cual nos hablan los críticos) tienen un nivel de alfabetización (digital y analógica) muy superior al que tenían sus padres. Y entre quienes tienen un nivel social menos deprimido, la posibilidad de acceder a contenidos es casi total. Estamos todo el tiempo leyendo, viendo series subtituladas, informándonos viendo los tweets de Subrayado. Incluso nos enteramos de que arranca Masterchef porque Diego González tuiteó. Hace 20 años, nos informábamos viendo la tele o escuchando la radio, veíamos Dinastía doblada, y si lográbamos ver el Castillo de la Suerte, lo hacíamos porque sabíamos que iba todos los miércoles a las 20:30, después de Telemundo y antes de La Hora del Espectáculo. En ninguna de esas operaciones estaba involucrado el acto de leer.
En cualquiera caso, volvamos al principio: estoy totalmente de acuerdo con el espíritu del comunicado: ver películas dobladas, es una bosta. Se pierde la capacidad interpretativa de actores y actrices (si el mexicano que dobla a Pacino fuera tan bueno actuando como Pacino, actuaría él, más que nada porque seguro costaría menos), y resulta molesto (para gente con memoria extremadamente precisa para los temas banales) reconocer que Leo Di Caprio tiene la misma voz que Smithers.
Supongo que hay una cuestión comercial que impera, aunque no le veo un vínculo directo con el nivel educativo de las sociedades. Sin ir más lejos, en España doblan todo (películas, series) y no creo que tengan un nivel educativo marcadamente inferior al nuestro, que estamos acostumbrados históricamente a ver películas con subtítulos, salvo los dibujitos, claro está.
Debe imperar, como también dicen muy bien los críticos, una decisión de política cultural y es el Estado el encargado de tomarla. Porque una vez más, el mercado se ha encargado de demostrar su ineficacia a la hora de tomar decisiones sensibles.